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La obra es parte de la serie de calvarios que Badi pintó en los años 40, como El calvario o Calvario grande. Utiliza el espacio como un escenario, en el que despliega los planos con una vista a vuelo de pájaro, que le permite describir diferentes escenas y personajes y ampliar su perspectiva. Pinta con una paleta de colores quebrados y tonos bajos que profundizan el tono trágico del tema y como en otras pinturas de tema religioso, un haz de luz enfatiza el punto clave de la composición: el Crucificado. Las formas espectrales del cielo y las ruinas acentúan el tono metafísico de la escena. Esta concepción de la imagen recuerda a la serie de óleos sobre la Guerra Civil española pintadas por Raquel Forner a fines de la década del 30.

Calvario refiere al sitio en las afueras de Jerusalén, donde tuvo lugar la crucifixión de Jesús. Su nombre proviene de la forma de calavera (Calvariae locus, en latín) que tenían las rocas de una de su laderas. Las tres cruces pertenecen, una a Jesús y las otras dos a los ladrones –según evangelios apócrifos- Dimas y Gestas.