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En su trabajo estrecha los lazos entre la sensibilidad propia del arte y la racionalidad que conlleva la tecnología.
El interés por lo ilusorio queda manifestado en esta instalación producida en el año 2002, en tanto que el mecanismo y el movimiento dejan de ser hechos explícitos para transformarse en un desafío a la imaginación del espectador. A través de esta puerta, el artista realiza una reflexión en torno al ícono de la bandera argentina.

“El mecanismo y el movimiento están implícitos pero la puerta entreabierta no admite el abordaje material. No es posible abrirla con las manos. Se encuentra aparentemente inmóvil, fijada a la pared de la sala. Será necesario primero negarle su realidad de puerta para que pueda emerger como obra de arte. La puerta debe dejar de ser una barrera para transformarse en una apertura de sentidos (...)

No se trata de un artefacto meramente técnico sino de una máquina para soñar: frente a tantas puertas que hoy parecen cerrarse (...)”