Botti, Ítalo

Buenos Aires, 1889
Buenos Aires, 1974

Botti estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes desde 1916. Fueron sus maestros Gustavo Bacarizas, Jorge Bermúdez y Alberto Rossi. En 1914 participó por primera vez del Salón Nacional y desde 1917 del Salón de Otoño de Rosario. En 1920 lo consagró una muestra en la sede de la Comisión Nacional de Bellas Artes.

Obtuvo importantes premios, entre ellos el premio Cecilia Grierson en 1922, el premio Eduardo Sívori en 1924, el Segundo Premio Municipal en 1925, el Primer Premio del Salón de Otoño de Rosario en 1925, el Segundo Premio del Salón Nacional en 1930, el Premio Adquisición en el Salón de Santa Fe en 1937, el Segundo Premio de la Comisión Nacional de Cultura en 1945 y el Primer Premio en la Exposición Internacional de Paris en 1961.
No debe soslayarse su oficio de grabador y su participación en exposiciones colectivas de la Sociedad de Grabadores y Acuarelistas con aguafuertes y otras técnicas.

Tuvo una activa relación con el medio artístico rosarino. Expuso en la ciudad desde 1917 obteniendo premios y distinciones en el Salón. Su obra también integró colecciones privadas -entre ellas la de Juan B. Castagnino- y fue reseñada por Alfredo Guido en 1919 en la revista Apolo durante su muestra de 32 paisajes realizada en el Salón Castellani ese año. Sus paisajes fueron frecuentemente reproducidos en la revista El Círculo y se destacó en sus exposiciones en Witcomb en 1925 y en Renom en 1935 y en la sede de la Comisión Municipal de Bellas Artes en 1936.

Inclinó su obra a la pintura de paisajes, eligiendo como motivos vistas del Riachuelo -en los que obtiene sutiles efectos atmosféricos con una paleta dominada por los grises-, imágenes urbanas de Buenos Aires y las sierras cordobesas, donde solía instalarse por largas temporadas. La interpretación de la luz y la atmósfera serrana lo consagrarían en los salones de los años 20 y 30, en el marco de la jerarquía concedida a los paisajes del interior del país en los que los artistas procuraban hallar los rastros de la argentinidad que las ciudades perdían con el avance de la modernidad y la inmigración. Frente a la modernidad estética, los paisajes del interior del país encarnaban los ideales del nacionalismo vernáculo que afirmaba Ricardo Rojas desde su gran obra estética Eurindia (1924) Es en las vistas del campo, de las sierras cordobesas y del noroeste del país donde Rojas descubre la singularidad del paisaje argentino y se lo identifica con el paisaje de la Nación. Estos paisajes (firmados entre otros por Botti, Jorge Bermúdez y Fernando Fader, fueron legitimados en los salones en sus instancias de selección y premiación y tuvieron una fuerte presencia en el circuito artístico oficial y privado, local y nacional.

Con una interpretación personal del impresionismo, pintó a plein air con toques de pincel y una paleta de color vibrante cuya intención fue captar la luz, con un planteo compositivo tradicional. Horizontes amplios y atmósferas transparentes definió con detalle el territorio cordobés.



Obras