Sede Castagnino
Del 06.05.16 al 20.06.16

Ouvrard. La llave de los sueños.

Obra reunida

Ouvrard, Luis

Curaduría: Alonso, Juan Manuel; Castagnotto, Mónica; Masuelli, Maximiliano

Esta exposición reúne gran parte de la obra de Luis Ouvrard, uno de los grandes pintores rosarinos del siglo XX. Se podrán ver óleos y pasteles y además dibujos y material de archivo que jamás fueron exhibidos.

Fotos de sala
Mesa con Limones (1982) Óleo sobre madera, 50x70 cm
Sin Título (repollo), (1979) Pastel sobre cartón, 50x35 cm.
Fotos de sala
Fotos de sala
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La llave de los sueños reúne por primera vez una muestra significativa de la producción de Luis Ouvrard: óleos, pasteles, dibujos y grabados fechados entre 1914 y 1988. Sus retratos, naturalezas muertas y paisajes configuran una obra donde determinación y fantasía dan forma a un singular relato pictórico.

Desde mediados de la década del cincuenta y por casi treinta años el pintor rosarino Luis Ouvrard insistió en el montaje de dos géneros: la naturaleza muerta y el paisaje. No decimos naturalezas muertas sobre un fondo de paisaje –que bien podría serlo-; preferimos pensar en un mecanismo por el cual dos escenas, a las que nos tiene habituados la pintura, son puestas en desorden. De modo tal que Ouvrard hace de la naturaleza una maquinaria donde paisaje y naturaleza muerta se acompañan y desdicen. Si ese paisaje es fondo, lo es enrarecido en las nuevas condiciones que estas obras traman. El terreno aparece como zona de apoyo que el pintor usa para disponer frutos sueltos, una mesa o un florero. Su pintura repite durante esos años una articulación que busca e insiste en lo mismo. Lo mismo en sus muchos matices. Es aquí donde se recorta el lugar de Ouvrard como pintor en intimidad de lo mismo, ese espacio-tiempo que mantenía era su modo de estar aquietado en el hacer.

Luis Ouvrard parece desordenar los recuerdos familiares al cruzar las referencias que provienen de la memoria de sus padres con sus propias alusiones al pasado. Tal vez esa suave confusión le permita trasladarse, imaginariamente, al lugar de origen de sus padres para revisar la difícil relación de pertenencia con aquella y con esta tierra. Rodear la condición de extranjeridad que atraviesa a su familia le posibilitó elaborar un peculiar modo de enraizamiento. Sus recuerdos del Périgord no son precisamente suyos, más bien tomaron forma a partir de un relato ajeno del que Ouvrard se adueñó, por derecho de herencia. Las evocaciones de un lugar deseado producen torsiones en la descripción del pintor, así, cuando se refiere a los hongos que su madre incluía en las comidas, conecta con una escena del campo en el Périgord. Como si alguna vez hubiera estado allí, el pintor cuenta: “Vos sabés lo que es levantarse una mañana y ver el campo lleno de hongos, aparecen en cuestión de horas.” Su amor por la lejanía – lo que él refiere como la vastedad de nuestro campo- discurre en formulaciones donde hace suya la añoranza de sus padres trayendo paisajes y objetos del pasado para acortar, en la evocación y por el extrañamiento, las distancias de tiempo y de lugar. Registros del pasado y el presente se articulan en planos que son, a la vez, la mesa de cocinar en que su madre cortaba trufas y hongos y la mesa sobre la que compone sus naturalezas muertas.

Varios años antes del período que estamos considerando Ouvrard había empezado a rebatir las tapas de sus mesas, cuando comienza a jugar con distintas superficies de apoyo para sus objetos las decisiones con respecto a la perspectiva y la escala se van modificando. Pensamos en la mirada de un niño de corta edad que apoya la cara sobre el borde de la mesa de cocina y cómo eso podría estar ligado al planteo de la composición en obras donde la tapa de la mesa se adelanta y rebate acentuadamente hasta quedar paralela al plano del soporte. Si bien el montaje extraña esa naturaleza muerta que evoca al Périgord y se liga al paisaje santafesino, algo se desmarca del procedimiento y da lugar a una levedad engañosa.

Los objetos en sus cuadros dicen equívocamente. ¿Es posible que haya obras de Ouvrard tan cercanas a Magritte? En La clef des songes, Magritte escribe debajo de la hoja de árbol representada, el nombre: La table. La hoja aquí es la mesa, luego será el árbol en La Plaine de l’air. Vemos una operación similar en dos pasteles que realiza Ouvrard en 1984, donde las hojas aumentan su tamaño hasta alcanzar el de un árbol y se yerguen en un paisaje vacío en el que sólo unas pequeñas vacas habitan la lisura del terreno. En los juegos que Ouvrard propone a partir del dispositivo paisaje-naturaleza muerta, los objetos se apoyan de tal modo sobre el suelo (y contra el cielo) que producen un efecto de extrañamiento. En esta dinámica, la lejanía se activa ya no como elemento inspirador sino como artefacto, como otro de los factores que desnaturalizan el paisaje. En su obra, Luis Ouvrard superpone capas de pastel a películas de óleo, traza finas líneas que precisan formas, dibujan detalles y construyen texturas, y a la vez hace rayas que descubren el soporte y el grosor de las capas de pintura. Esta forma de manipular el material -insistiendo sobre él- es un modo que nos devuelve a la idea de intimidad de lo mismo. Trabaja como un miniaturista –con el recato de un restaurador- deslizando las pinceladas o raspando la superficie pastosa. Nos acercamos a estas obras como a una maquinaria funcionando en un tiempo que parece demorado.

Luis Ouvrard nació en Rosario en 1899. De formación autodidacta, desde muy joven se vinculó al ambiente artístico de la ciudad. Se desempeñó como profesor de la cátedra de Color en la Escuela Provincial de Artes Plásticas. Fue restaurador de obras pictóricas e imágenes religiosas. Su pintura recorrió todos los géneros, cruzándolos en nuevas interpretaciones. En 1969, a los 70 años de edad, realizó su primera muestra individual. Murió en Rosario en 1988.

Listado de obras:

Sin título (hoja), hacia 1980, óleo sobre cartón, 29 x 21 cm.

Sin título  (tuna), 1977, pastel sobre papel, 17 x 17 cm.

Sin título (naturaleza muerta), 1950, birome sobre papel, 21 x 28 cm.

Paisaje, 1916, óleo sobre madera, 23 x 19 cm.

Cabecita, 1918, óleo sobre madera, 30 x 26 cm.

Nocturno, 1922, óleo sobre tela, 76 x 56 cm.

Retrato de la niña Sara Lucero, 1923, óleo sobre tela, 80 x 75 cm.

Retrato de Esther Vidal, 1928, óleo sobre tela, 96 x 110 cm.

Figura, 1929, óleo sobre tela, 120 x 160 cm.

El vestido lila, 1929, óleo sobre tela, 140 x 110 cm.

Las muñecas, 1931, óleo sobre tela, 91 x 86 cm.

Sin título  (macetas), 1930, grafito sobre papel, 21 x 20 cm.

Sin título (paisaje del puerto), hacia 1935, grafito sobre papel, 20 x 30 cm.

Sin título (paisaje del puerto), hacia 1935, grafito sobre papel, 20 x 30 cm.

Naturaleza muerta, 1930, óleo sobre arpillera, 90 x 80 cm.

Irma, 1931, óleo sobre tela, 47 x 37 cm.

Naturaleza muerta, 1937, óleo sobre arpillera, 94 x 91 cm.

Retrato de mujer, 1943, óleo sobre tela, 70 x 50 cm.

Paisaje, 1940, óleo sobre madera, 19 x 24 cm.

Sin título (paisaje), sin fecha, óleo sobre cartón, 21 x 29 cm.

Sin título (hombre dormido), 1944, tinta y acuarela sobre papel, 35 x 52 cm.

Salta, 1922, óleo sobre madera, 15 x 21 cm.

Sin título (bajada Sargento Cabral), hacia 1944, óleo sobre cartón, 21 x 29 cm.

Ariadna, 1944, tinta sobre papel, 35 x 25 cm.

Sin título (naturaleza muerta), 1944, óleo sobre cartón, 29 x 21 cm.

Sin título (naturaleza muerta), 1944, óleo sobre cartón, 29 x 21 cm.

Sin título (árboles), 1946, tinta, fibra y lápiz sobre papel, 13 x 20 cm.

Sin título (mujer dormida), 1947, tinta y acuarela sobre papel, 24 x 30 cm.

Sin título (mujer sentada), 1949, grafito sobre papel, 20 x 30 cm.

Sin título (paisaje), 1949, grafito sobre papel, 13 x 18 cm.

Sin título (desnudo), 1949, tinta sobre papel, 30 x 21 cm.

Sin título (figura), 1949, tinta sobre papel, 30 x 21 cm.

Sin título (naturaleza muerta), 1949, birome sobre papel, 26 x 20 cm.

Sin título (naturaleza muerta), 1950, birome sobre papel, 20 x 26 cm.

Gorrión, 1949, óleo sobre madera, 13 x 16 cm.

Nocturno en la quinta, 1950, óleo sobre chapadur, 45 x 55 cm.

Flores, 1955, óleo sobre cartón, 70 x 50 cm.

Florero, 1954, óleo sobre tela, 90 x 76 cm.

Sin título (tunas), 1956, óleo sobre tela, 50 x 70 cm.

Florero, 1955, óleo sobre cartón, 70 x 50 cm.

Camotes, 1958, óleo sobre tela, 50 x 70 cm.

Funes, 1960, óleo sobre cartón, 51 x 64 cm.

El gato, 1965, óleo sobre tela, 70 x 50 cm.

Hongos en azul, 1965, óleo sobre tela, 55 x 67 cm.

Castañas, 1966, óleo sobre madera, 35 x 50 cm.

Hojas de plátano, 1969, óleo sobre madera, 35 x 50 cm.

La laguna, 1970, óleo sobre tela, 50 x 70 cm.

Campo anegado, sin fecha, grafito sobre papel, 13 x 18 cm.

El camoatí, 1975, pastel sobre papel, 30 x 25 cm.

Pampa, 1974, óleo sobre madera, 21 x 29 cm.

Perros, 1975, óleo sobre madera, 70 x 100 cm.

Périgord, 1975, óleo sobre cartón, 20 x 28 cm.

Granadas en Funes, 1976, óleo sobre tela, 50 x 70 cm.

Los camalotes, 1976, óleo sobre tela, 50 x 70 cm.

Sin título (camalote), hacia 1976, óleo sobre cartón, 43 x 38 cm.

Peras, 1976, óleo sobre madera, 35 x 50 cm.

Granadas, 1978, óleo sobre cartón, 50 x 70 cm.

Trufas, 1979, pastel sobre cartón, 35 x 50 cm.

Sin título (botas), 1978, pastel sobre cartón, 30 x 50 cm.

Camotes, 1979, pastel sobre cartón, 35 x 50 cm.

Sin título (durazneros), 1979, pastel sobre cartón, 50 x 70 cm.

Sin título (repollo), 1979, pastel sobre cartón, 50 x 35 cm.

Lechuza, 1979, pastel sobre cartón, 50 x 70 cm.

Flores de cardo, 1980, óleo sobre madera, 24 x 32 cm.

Sin título (cardos), 1981, óleo sobre madera, 70 x 90 cm.

Caballo en azul, 1982, pastel sobre cartón, 50 x 70 cm.

Mesa con limones, 1982, óleo sobre madera, 50 x 70 cm.

Nísperos, 1982, óleo sobre chapadur, 35 x 50 cm.

Pato, 1983, pastel sobre cartón, 23 x 34 cm

Hongos, 1983, pastel sobre cartón, 35 x 50 cm.

Frutillas, 1984, pastel sobre cartón, 35 x 50 cm. 

Sin título (hongos), 1985, pastel sobre cartón, 24 x 34 cm.

Campo argentino, 1985, óleo sobre tela, 60 x 80 cm