Colección Castagnino+macro

Es un retrato realizado en sepia, en el que la fisonomía de la mujer -¿ella  misma?- ha sido lograda con un lenguaje  espontáneo y directo, especialmente en el entramado de líneas que definen su cabellera y el fondo, que contrastan con la sutileza de los  trazos  del rostro.  La  obra  ha sido fechada  en junio de 1923, un mes después de su participación en el VI Salón de Otoño en el que Bertolé exhibió tres obras de su autoría y el Dr. Amuchástegui había  actuado  como  jurado  titular. La artista, que se había convertido en una retratista solicitada por la alta burguesía porteña y en una poetisa reconocida que se  afianzaba  en  los  círculos intelectuales  del momento, le  dedicó este  dibujo como recuerdo  cordialísmo a quien  fuera miembro fundador de la Comisión Municipal de Bellas Artes de Rosario. La relación entre ambos databa de 1919, año en que  la madre  de Amuchástegui muere mientras Emilia  Bertolé  realizaba  su retrato. En una carta que le dirige Amuchástegui y que se conserva en su archivo personal, se lee “(...) no solamente hay en su obra el absoluto parecido físico; hay  algo  más,  que vale más y que significa  el  logro de un gran esfuerzo: hay  el  parecido  psicológico,  la  identidad  de expresión la reproducción fidelísma  de  lo  que  vulgarmente  llamamos  el “aire  de  las  personas; hay en suma, la concretación de un abstracto espiritual[...]”